Ya un mes antes de jubilarme reservamos una autocaravana para el otoño, en mayo pasado. Era como un sueño poder viajar así en la última semana de septiembre y la primera de octubre, cosa vetada para un docente, pero posible para un jubilado y para una funcionaria que aún tenía para gastarse sus dos últimas semanas de vacaciones del ejercicio. Éstas las habíamos pasado, como los últimos años tras la pandemia, dos semanas en agosto en el apartamento familiar que usamos a turnos en la costa catalana, y una visitando una zona montañosa y poco habitada en julio. Pero este viaje iba a ser otra cosa, pues la nueva situación de estar jubilado, permitía saltarse los corsés de toda la vida, sobre todo en cuanto al momento elegido.
Además, tras 13 años como liberado sindical, en los que pronto escribí "Odisea para rato" (se lo hice llegar a algunas de las principales autoridades) porque sentía que toda la plantilla de mi sector de enseñanza concertada vivía una auténtica Odisea tras la crisis de 2008, para poder recuperar todo lo perdido, y yo mismo iba como uno de los protagonistas en ese caballo de Troya del sindicato, este viaje lo he vivido como el que Christopher Nolan pone en su reciente película, al final de la misma: cedida la corona a Telémaco, y reunido con Penélope al fin, Ulises emprende con ella un nuevo viaje hacia poniente. La víspera de emprenderlo, había iniciado mi andadura como voluntario en un comedor social, y aunque aún no había visto la película de Nolan, en la que tanto resalta la hospitalidad, tras verla una vez regresado, me he sorprendido yo mismo de la tremenda actualidad del mensaje de Homero, de hace 26 siglos: la manera en que una persona o pueblo trata al extranjero define si es civilizado o salvaje.
Nunca habíamos viajado en autocaravana, aunque muchas veces nos había tentado, y siempre nos habíamos decantado por otras opciones, más con el precio que tienen en temporada alta. La experiencia ha sido muy positiva, y nos hemos manejado con mucha soltura, para ser la primera vez. A esto ha ayudado, sin duda, la larga experiencia que ya teníamos en viajar de camping, como hicimos con los hijos año a año por casi todas las CCAA cuando eran pequeños, y después ya la pareja solos. Además en esa etapa sin hijos, simpre fuimos de camping a Francia, desde 2011 a 2019. Desde la pandemia de 2020 no nos atrevimos más a ir al extranjero, y hasta 2025 cambiamos los campings por casas rurales en pueblos de la España vaciada.
La larga experiencia en visitar campings ha ayudado mucho para movernos con la autocaravana, ya que a menudo hemos recalado en dichas instalaciones, o en sus homólogas tan extendidas por Francia: las áreas de autocaravanas, con menos servicios pero muy dignas también. La gran diferencia de este año es que ya no tienes que montar y desmontar la tienda (a nuestra edad), hacer las comidas a la intemperie, cargar el coche hasta los topes, incluidas las bicis en la parrilla. Tienes que seguir llevando infinidad de cosas, con muy buena organización, eso sí, pero ahora van colocadas sin problemas en tu casita rodante, en la que tienes dormitorio, baño, ducha, salón-comedor, frigorífico y congelador, cocina, menage, televisión, baúl para las bicis y otros utensilios...
Cuando fuimos a Miranda de Arga a alquilarla, vimos que además era nueva, recién comprada este año, por lo que todo el tema mecánico del vehículo ha funcionado muy bien. Además, dos días de mucho frío por la mañana encendimos la calefacción, y un día de mucho calor hasta pusimos el aire acondicionado con el que cuenta. ¡Más prestaciones que en casa!
Según la climatología, puedes comer dentro o fuera, con una mesa y dos sillas que van en el maletero. Si hace bueno se está mejor que dentro, por el calor, pero si no es así, estás como en casa. Aunque hemos visitado varias ciudades grandes y bastantes castillos, hemos comido en restaurantes solo 4 de los 14 días, y solo 2 noches hemos cenado por ahí.
Este medio de transporte te permite improvisar, como hicimos en Blois. Tras visitar dicha ciudad y su castillo, nuestra intención era acabar el día en el camping de Amboise, pero la persona que vendía las entradas del château nos convenció de quedarnos hasta la noche en Blois para ver el espectáculo nocturno, que lo representaban por última vez ese fin de semana. Ya habíamos aparcado en una calle de zona azul a la orilla del Loira, así que no nos movimos de ahí ese día, y tras dicho espectáculo, dormimos plácidamente con vistas al famoso río.
Eso no lo puedes hacer continuamente, ya que la autocaravana es como un cuerpo, necesita ingerir energía y agua, y también necesita vaciar su intestino y su vejiga. Y para todo eso necesita recalar en áreas preparadas para eso, que son muy abundantes y dignas en Francia, o en campings, donde también puedes lavar la ropa en una lavadora y luego meterla en una secadora.
La conducción nos ha resultado sencilla. Un vehículo tan grande te da seguridad, vas más alto que en el coche, no puedes correr tanto ni hacer maniobras bruscas, así que haces lo que se puede hacer y vas tranquilo. Siempre nos turnamos en el volante, porque además nos gusta conducir a los dos, y aunque son muchos kilómetros, se hace llevadero. Aún estamos en plenas facultades, y por ahora, la conducción tan agresiva de las autopistas, además con tantos camiones, la sobrellevamos sin mayor problema. En calles estrechas ha habido que tener cuidado, por las dimensiones del vehículo, y en una ocasión, no entramos bajo un viaducto que nos indicaba el navegador, ya que tenía 2,70 metros de alto, y la autocaravana llega a los 2,90 con todo el aparataje que lleva en el techo. Más vale que pudimos dar marcha atrás y buscar otra ruta.
Nos costó días llegar al valle del Loira, porque íbamos sin prisa y sin un plan estricto. Las dos primeras jornadas las pasamos en Burdeos. Para acceder al centro de la ciudad desde el camping en que estábamos, utilizamos nuestras bicis hasta la primera parada de tranvía (unos 6 minutos), y luego unos 20 minutos más en este medio de comunicación, donde fue interesante ver la sociología y el urbanismo desde las afueras al centro, con asentamientos de inmigrantes en tiendas, barrios obreros y la city. En las distintas ciudades que visitamos vimos bastantes personas sin hogar, y en Burdeos en concreto, gente viviendo en tiendas dentro de la verja del jardín de la iglesia de St. Michel.
Habíamos emprendido el viaje con la incertidumbre de que les pudiera pasar algo a las dos abuelas de casa, dada su avanzada edad, pero pudimos estar tranquilos porque no ocurrió nada especial ni negativo. Respecto a lo que pasaba por el mundo no estábamos muy pendientes, pero poco a poco nos fuimos dando cuenta de que el desahucio de Mari Carmen Abascal (con una pensión de 1.450 € el fondo buitre le había subido el alquiler de 500 a 2.650 €), cuyas terribles imágenes nos llegaron por las redes, estaba suscitando una reacción sin precedentes, también en nuestra tierra, movilizándose también nuestros hijos. Y hasta el papa León XIV, de visita en Francia del 25 al 28 de septiembre, denunció la injusticia y el propio sistema. No fue la única protesta que vimos, ya que en Burdeos los bomberos estaban de huelga, y en Tours coincidimos con la huelga general del funcionariado francés.
Cuando le dije a mi madre que iba a pasar por Burdeos, me contó que ella había estado dos veces de joven en los años 40, en tren desde Ezpeleta (Lapurdi), y añadió que los pinares de Las Landas ardían a menudo ya entonces, y que el humo les llegaba hasta su caserío Jaurikoborda, en el lado navarro de la muga con Lapurdi. No nos sorprendió por lo tanto, la protesta de los bomberos de Burdeos, que decían que la población está en peligro y ellos son sacrificados, tras la terrible ola de incendios de este verano allí, agravada por la crisis climática. La prensa que vimos en la ciudad lo reflejaba aún así:
Con sus 95 años, mi madre me llamó un día del viaje para decirme que procurara encontrar en Burdeos (1 millón de habitantes con su banlieu) a una amiga suya de Irisarri (Baja Navarra), para darle recuerdos. La pobre se quedó tranquila cuando le devolví la llamada para decirle que su amiga había muerto en Burdeos en 2024 con 93 años, dejando tres hijos y dos nietos, y que fue llevada a enterrar a Irisarri, donde mi madre pasó con ella y su familia todo el año 1943, en plena ocupación nazi. Esto lo averigué en un buscador, pues venía el enlace del tanatorio, pero mi madre dio por bueno nuestro viaje y el no vernos tantos días, con tal de haber averiguado esto, que para ella se debió a que "preguntando se va a Roma". También le tuve que dar cuenta de la iglesia protestante de Burdeos, pues me había dicho que en su segundo viaje allí, para asistir a la toma de hábitos de una prima suya, se confundieron de iglesia hasta que les dijeron que era protestante, cosa que en el estado español no se veía en pleno franquismo.
Burdeos nos pareció una ciudad con mucho aire parisino. Tuvimos una excelente guía de free tour, alemana de Munich, que llevaba 10 años viviendo en Burdeos y había aprendido castellano en Perú. Comenzó presentando los monumentos que ensalzan los valores republicanos, como el dedicado a los Girondinos, junto a la tremenda esplanada vacía donde tras la revolución arrasaron con el antiguo castillo de la aristocracia. En Francia siempre me sorprende agradablemente la retórica de la revolución frente a la monarquía, sobre todo porque si visitas Madrid y otros lugares con edificios de "patrimonio nacional", la apología de la monarquía me resulta tan excesiva, que lo que oyes en Francia casi parecería antisistema o extremista, aunque algunos ya lo quisiéramos aquí. La guía también nos habló de la riqueza acumulada en la ciudad por el tráfico triangular de esclavos, al mostrarnos los espectaculares edificios de la place de la Bourse, en la orilla del rio Garonne, que cruzamos en barca.
Coincidía que se celebraban una jornadas del patrimonio, y estaban abiertos muchos monumentos como el espléndido teatro de la ópera, que visitamos gratis. Los templos, como en Francia son del estado o de los ayuntamientos, desde la bendita ley de separación del Estado y la Iglesia de 1905, los hemos podido visitar en todas partes sin pagar, y a cualquier hora, pues están abiertos y además casi siempre disponen de algún voluntario al que puedes preguntar si deseas más información. En Burdeos visitamos entre otras, la catedral de St-André y la Basilique de St-Michel con su espectacular flêche, desde la que se divisa la ciudad, en esa inmesa llanura europea que va de Hendaia a Rusia. También estuvimos en Saint-Seurin, visitando los restos romanos de la ciudad, donde además encontramos referencias a la batalla de Orreaga de 778, pues se dice que en esa cripta paleocristiana fue donde Carlomagno depositó el olifante de Roldán.
La guía resaltó la figura de Leonor de Aquitania, que fue reina de Francia pero que logró la nulidad de su matrimonio con un rey que en realidad quería ser monje, y después se casó con el rey de Inglaterra, asociando Aquitania a la monarquía inglesa desde el siglo XII al XV. Esta mujer nos volvió a aparecer cuando días después llegamos a Poitiers.
Aunque después de Burdeos teníamos proyectado ir directamente a esa ciudad, camino del valle del Loira, nos sugirieron acercarnos a un pequeño pueblo llamado Saint-Émilion, y no nos penó, pues pasa por ser uno de los más bonitos de Francia.
En el aparcamiento de autocaravanas de Sain-Émilion
Dorminos allí tras ver uno de sus espectaculares atardeceres sobre los campos de viñedos, y tuvimos la oportunidad de visitar su iglesia monolítica, excavada en una sola roca a principios del XII, la mayor de Europa. Es zona calcárea, formada cuando el océano se retiró hace 30 millones de años, y en gascón la zona se llama Ascumbas (=los valles), de la depresión formada por la erosión. Viven de la extracción de piedra (con ella se constuyó la ya mencionada ópera de Burdeos), del vino y de las peregrinaciones, pues san Emilion, huyendo de la fama por haber hecho un milagro en Bretaña, pasó por un priorato benedictino antes de hacerse ermitaño y fundar una comunidad en el pueblo. En torno a sus reliquias se constuyó la iglesia, y entre el siglo VIII y el XVIII atrajo a comunidades de dominicos, agustinos y ursulinas.
El quinto día de viaje llegamos a Poitiers por la tarde, instalándonos en el área de autocaravanas del pueblecito de Sait-Benoît, que cuenta con una bonita abadía. Desde ese área nos desplazamos en bici hasta la parada de autobús que nos llevó al centro de la ciudad. Poitiers, donde el 25% de la población es estudiante universitaria, nos sorprendió por su riqueza monumental. El baptisterio de Saint-Jean es uno de los monumentos cristianos más antiguos de occidente, del siglo IV-V, impresionante. La iglesia de Notre-Dame la Grande es famosa en todo el mundo por su blanca fachada románica, del XII. La catedral de Saint-Pierre nos volvió a hablar de Leonor de Aquitania, pues está retratada en vida en la impresionante vidriera del siglo XII de la cabecera plana del templo, junto al rey de Inglaterra con el que se casó. No fue la única mujer destacada del viaje, ya que en la iglesia de Sainte-Regegonde, patrona de Poitiers, que se convirtió en reina de los francos al casarse con el hijo de Clodoveo, Clotario I, conocimos su peculiar historia, pues culta e independiente, se separó del rey y acabó convirtiéndose en monja y fundando el primer monasterio femenino de Francia. El edificio civil más destacado fue el Palais de Aquitania, con su impresionante gran salón de gala, donde la citada Leonor residió temporalmente con sus dos esposos sucesivos, y donde también vivió el hijo de ésta, Ricardo Corazón de León, que se casó en Chipre con la tudelana Berenguela de Navarra, hija de nuestro Sancho el Sabio, en un matrimonio que había buscado Leonor para asegurarse la frontera sur de los territorios aquitanos de la corona inglesa. El comercio del casco viejo de Poitiers nos llamó la atención positivamente, por su originalidad, autenticidad, sin franquicias apenas.
Château de Chambord
El séptimo día de viaje llegamos por fin al valle del Loira, comenzando las visitas a los castillos. Lo que más me impactó, pues tenía la idea previa de que eran muy bonitos y habrían sido construidos por la aristocracia en la edad moderna, fue que en ese entorno se movía en realidad la monarquía francesa al final de la edad media y comienzo del Renacimiento, y no aún en París. El rey Francisco I (n.1494, 1515-1547), tan enfrentado al emperador Carlos I que acabó por imponerse a sangre y fuego en la conquista de Navarra, es omnipresente tanto en el impresionante castillo de Chambord (lo mandó construir para ir de caza), como en el de Blois, los de Amboise, Chaumont-sur-Loire, Chenonceau, Aza-le-Rideau, Villandry, etc. Y en muchos de ellos eran muy destacadas las huellas del estado navarro en aquella época, pues su monarquía se relacionaba muy estrechamente con las otras europeas.
























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